jueves, 13 de octubre de 2011

La Otra Familia ( critica )


Es interesante cómo a pesar de que la cinta intenta ofrecer una visión "moderna" de las familias, no deja de ser tremendamente conservadora. Aún más: aunque subvierte algunos valores tradicionales, plantea otros no menos peligrosos. Casos concretos: los malos, dealers, traficantes de menores, son de clase baja: tienen tatuajes, viven en zonas populares y sus escenas están enmarcadas por un entorno musical de hip hop. Los buenos, los capaces de brindar al niño un hogar "adecuado" podrán ser homosexuales, pero cuentan con la fortuna de que poderoso caballero es don dinero: la cabeza de familia es "un gran publicista" y el que asume el papel de amo de casa ya no tiene que trabajar más gracias a su acomodada posición económica. Pero eso sí, en el pasado fue diseñador y modelo.

El cliché se repite una, otra y otra vez: no se conforman con poner a gays con pestañas enchinadas, una lesbiana con voz ronca y un mafioso prietito y chaparro, la cosa llega a nivel de risa (nerviosa) cuando Carmen Salinas prende veladoras a la virgencita de Guadalupe y pide por sus patrones porque a pesar de ser gays son gente buena, o cuando uno de los miembros de la pareja se aparece enfundado en una bata haciendo un playback de Yo no te pido la Luna, de Daniela Romo.

La cinta pretende erigirse en un manual educativo de cómo es que los gays no somos necesariamente malas personas y cómo es que el prejuicio no debería nublar nuestro entendimiento. Y digo pretende porque precisamente en este sabor panfletario es donde reside su talón de Aquiles. En su afán de mostrar que un gay también puede ser bueno, a los personajes homosexuales se les dota de una serie de atributos que socialmente son considerados aceptables: la pareja es no sólo monógama sino que decide unir sus votos ante Dios (son buenos católicos), tienen posición económica desahogada y uno de ellos no trabaja, por lo tanto puede dedicarse a la atención y crianza del niño, ahora sí, como Dios manda.

El argumento es tan maniqueísta que en ocasiones parece que asistimos a un episodio de 'La Rosa de Guadalupe extended version'. Los malos son malísimos, se drogan hasta perder la conciencia, son capaces de todas las vilezas y viven en sitios horribles. Nada que ver con las casas, bonitas, ordenadas y bienolientes de sus contrapartes: las diseñadoras, los publicistas, el fotógrafo. Aunque claro, no faltan los que a pesar de la ignorancia natural de su condición de pobres, se redimen y se dan cuenta de que los jotos no eran unos pervertidos: la servidumbre.

La fortuna de esta película es que a pesar de todas estas debilidades, en el elenco hay talento. Contrasta enormemente la monotonía actoral del niño que interpreta a Hendrix (y no me vengan con la edad, porque de niños talentosos hay ejemplos numerosísimos en el cine) con la extraordinaria capacidad de Nailea Norvind de ponerse en la piel de una adicta. Una labor de maquillaje irreprochable, aunada a una actuación limpia y contundente, hacen que Nailea se convierta sin ningún rival en el pilar actoral de La otra familia. Mientras la pareja homosexual masculina se muestra como una caricatura autoparódica y Ana Serradilla insiste en permanecer en su papel de Cansada de besar sapos, los malos malos, están en lo suyo. No se les puede culpar de ser clichés: los actores hacen lo que se les pide y lo hacen muy bien.

Es evidente que La otra familia es una película para el gran público, el mismo que se conforma con historias fáciles de digerir y que reduce todo a esquemas muy básicos. Pero es un intento que no puede menospreciarse, sobre todo en un país donde la homofobia sigue sintiéndose día tras día, desde el bullying escolar hasta los crímenes de odio que culminan en muertes. Pian pianito, dirían por ahí. En resumen, un buen intento cuya peor error recae en intentar combatir unos prejuicios pero sustituirlos por otros no menos graves.

Qué lejos estamos todavía de cintas como Los niños están bien, donde las otras familias están ya completamente asumidas y se experimentan a sí mismas sin mayores conflictos. Y lo digo no sólo a nivel cinematográfico, sino también socialmente: mientras nuestras cámaras aún discuten cosas tan elementales como el derecho a la adopción, en otros países el tema ya es moneda vieja y las familias viven en esquemas más libres, pero no por ello menos saludables, protectores y amorosos para sus integrantes.

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